La «descolonización» del hardware, portada de la Bonilista 790
La «descolonización» del hardware
por 
Juan Ramón Egea, desarrollador de NeoCalculator

Tengo 15 años, vivo en Almería y llevo meses intentando destruir uno de los monopolios más silenciosos de la educación.
 
Cada año, miles de estudiantes de secundaria y universidad en España pasan por el mismo ritual: gastarse entre 120 y 150 euros en una calculadora gráfica obligatoria cuya tecnología interna no ha cambiado prácticamente desde que se estrenó Matrix. Hablamos de pantallas monocromas dignas de una Game Boy clásica, procesadores que un Arduino Uno dejaría en evidencia y unas interfaces que huelen a 1998.
 
Y no es un problema local. En países como Francia o Estados Unidos la dependencia de estas máquinas es absoluta desde los primeros años de instituto. Pero el problema no es tecnológico sino institucional.
 
Un mercado mundial cautivo y blindado por el lobby de dos gigantes (Casio y, especialmente, Texas Instruments) que se aseguran de que sus calculadoras sean las «únicas recomendadas» y las únicas que el profesorado sabe usar. Es la definición de libro de un duopolio. Una caja negra, cerrada a precio de oro, que nos obliga a consumir tecnología obsoleta simplemente porque no sabemos cómo funciona.

Cuando se habla de soberanía tecnológica o de «descolonizar el hardware», solemos pensar en megaproyectos de miles de millones de euros para abrir fábricas de chips en Europa. Pero la verdadera soberanía empieza en la base: controlando las herramientas con las que aprendemos.
 
Si abres una TI-84 Plus —la clásica calculadora— encuentras hardware propietario, puertos cerrados y software blindado por una Texas Instruments que lucha activamente para impedir que la comunidad instale aplicaciones de terceros. Por otro lado, si buscas alternativas puramente open source —como PicoCalc basadas en Raspberry Pi—, te topas con tiempos de arranque inasumibles para una clase o el rechazo automático en exámenes oficiales.
 
Existe lo que yo llamo el «triángulo de hierro» de las calculadoras: código abierto, precio asequible (menos de 50€) y homologación para exámenes. Hasta ahora, solo podías elegir dos.
 
NumWorks se acercó bastante: tienen hardware decente y abrieron parte de su código, pero el precio sigue siendo prohibitivo para muchas familias. Además, se toparon con la gran paradoja del sector: ¿cómo creas un «modo examen» infranqueable para ofrecer a los profesores, si tu código y hardware son abiertos para que los alumnos lo modifiquen? Es un dilema que ha obligado a marcas «abiertas» a acabar cerrando su ecosistema.
 
Y, sin embargo, la barrera técnica nunca ha sido tan baja. Hoy en día, un microcontrolador capaz de ejecutar un Sistema de Álgebra Computacional (CAS) potente cuesta unos pocos euros (como un ESP32 o un STM32), y una pantalla LCD decente ronda los 5€.
 
El problema no es el silicio, es el oligopolio. Y ahí es donde decidí que había que meter mano.
 

NeoCalculator y NumOS


Cansado de esta situación, decidí ver qué pasaba si aplicábamos la filosofía del software libre al hardware de bolsillo. El resultado es NeoCalculator y su sistema operativo, NumOS.

La premisa técnica era un reto de optimización absoluto: exprimir un microcontrolador al máximo para correr un CAS en un entorno con recursos ultralimitados.
 
Todo el sistema corre sobre un humilde pero matón ESP32-S3 (concretamente el N16R8). Es un chip de unos tres euros pensado principalmente para el Internet de las Cosas, pero gracias a sus dos núcleos a 240 MHz, 16MB de Flash y 8MB de PSRAM, esconde un potencial brutal si optimizas el código al milímetro.

Detalle de chip ESP32 tomado con un vivo X300 Pro

NumOS está escrito desde cero en C++17. Para la interfaz visual (UI), me negué a replicar las pantallas de píxeles gruesos de los 90. He utilizado LVGL 9 (Light and Versatile Graphics Library) para construir una experiencia fluida, con un diseño moderno que responde casi como un smartphone básico.

Prototipo de NumOStomada con un vivo X300 Pro.

Pero una interfaz bonita no sirve de nada sin músculo matemático. La verdadera joya de la corona ha sido integrar el motor algebraico Giac, el mismo corazón de cálculo simbólico que utilizan bestias de gama alta como la HP Prime.

Para lograrlo, con la orientación inicial de su creador, Bernard Parisse, he adaptado el motor para que no colapse los escasos 8MB de memoria del ESP32-S3. Pelear contra la fragmentación de memoria y gestionar la eficiencia en C++ a este nivel ha sido un verdadero máster en ingeniería.

El resultado de todo este cacharreo es un dispositivo funcional y abierto cuyo coste real en lista de materiales (BOM) es de apenas 15 a 25 euros. Una décima parte de lo que exige el oligopolio por hardware de hace dos décadas.
 

El salto al mundo físico


El proyecto ha dejado de ser un hobby de fin de semana en mi habitación. Tras conseguir un grant de Emergent Ventures para financiar la fabricación de las primeras placas físicas, el verdadero desafío empieza ahora.
 
Hasta el momento, he dominado el plano lógico, pero el mundo físico no perdona. Pasar de un protoboard lleno de cables a una PCB multicapa que encaje milimétricamente en una carcasa, que el tacto de las teclas sea preciso y sobreviva a años de caos escolar en una mochila es ingeniería de producto, no de software. El dinero americano irá íntegro a ese salto.
 
Y aquí es donde os debía una respuesta. Si recordáis el «Triángulo de Hierro» (abierta, asequible y permitida en exámenes), ¿cómo planeo resolver el gran dilema del modo examen en hardware abierto?
 
Mi propuesta para resolver el triángulo pasa por el hardware, no por el software. La próxima iteración del dispositivo estará basada en el ESP32-P4: un chip más potente que el S3, pero sin radio integrada.

Sin WiFi ni Bluetooth en silicio, la conversación con los reguladores cambia por completo: no hay nada que bloquear porque no hay nada que transmitir. Es la misma filosofía que ha funcionado siempre en las calculadoras homologadas: la confianza no viene del software, viene de la física del chip.
 
Lo que más me sorprende es el interés que ha suscitado el proyecto donde menos esperaba: compañeros de clase que nunca habían tocado un compilador, preguntando cuándo pueden tener uno.
 
Hasta hace unos años, crear hardware de consumo estaba reservado a megacorporaciones, pero si hoy un chaval de 15 años desde Almería puede plantearse —con un chip de cinco euros y código libre— disputarle el mercado educativo al duopolio de siempre, ¿hasta dónde podría llegar la comunidad técnica si se involucrara en su conjunto?
 
La tecnología para recuperar el control sobre nuestras herramientas educativas ya está aquí y cuesta 20 euros, pero recuperar nuestra soberanía tecnológica no tendría precio.

Aire, patrocinador de la Bonilista 790


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