IA sin miedo, portada de la Bonilista 794
IA sin miedo

Una nube de pesimismo e incertidumbre oscurece el sector tecnológico.
 
En la industria informática siempre hemos vivido mirando al futuro con curiosidad y confianza. Quizás con ingenuidad, Quizás con cierto exceso de optimismo, pero siempre con el convencimiento de que el mañana será un sitio mucho mejor que el ayer.
 
Incluso cuando una nueva tecnología hace obsoletos buena parte de nuestros conocimientos y experiencia —algo bastante frecuente— la abrazamos con entusiasmo.
 
Con la inteligencia artificial está pasando algo distinto.
 
La IA no solo genera entusiasmo, también miedo e incertidumbre porque, esta vez, el argumento de venta no es ayudarnos a hacer mejor nuestro trabajo sino hacer nuestro trabajo.
 
No es la primera vez, ni mucho menos, que se intenta.
 
En los 90 alcanzaron su techo de popularidad las herramientas CASE, que prometían que programar sería algo tan fácil como dibujar cajitas, pero ya en 1981, The Last One se anunciaba como el primer y último programa que tendrías que comprar. Software que escribía software. Un argumento que, 45 años más tarde, suena extrañamente actual.
 
Pero esta vez es distinto.
 
Porque la IA es tan potente y flexible que ha modificado nuestra forma de trabajar de forma tan disruptiva como en su día la pólvora modificó a los ejércitos que luchaban con arcos y espadas.
 
Porque para justificar las enormes inversiones que requiere mantener su ritmo de evolución actual, los principales actores involucrados pretenden convencer y convencernos que nuestra profesión no está condenada a adaptarse sino a desaparecer.
 
Y están ganando el relato.
 
Cada pocos meses, aparece alguien asegurando que, dentro de pocos meses, nos quedaremos sin trabajo. En marzo de 2025, Dario Amodei —CEO de Anthropic— afirmó que, por estas fechas, la IA ya podría estar escribiendo todo el software del mundo.
 
Y si la IA es capaz de escribir software ¿se podría prescindir de los programadores? ¿Y del resto de profesionales?
 
Porque los desarrolladores solo somos el canario en la mina. Trabajamos con código, uno de los materiales cuya generación es más fácil de automatizar: texto formal, digital y verificable. Pero detrás llegan abogados, traductores, diseñadores, consultores, financieros, administrativos, comerciales o atención al cliente. Todos vamos en el mismo tren, solo que en vagones distintos.
 
Esa es la hipótesis que cimenta los miles de centros de datos que se están construyendo y subyace bajo esas declaraciones grandilocuentes. Titulares perfectos que se viralizan rápido y alimentan presentaciones de consultoría, posts en redes sociales y conversaciones incómodas en comités de dirección.
 
El problema es que son demasiado superficiales y presentan suficientes aristas para que los profesionales o las empresas tomen buenas decisiones basándose en ellas.
 
Porque programar nunca consistió en escribir código, sino en traducir ambigüedad en un comportamiento.
 
Porque el objetivo de la informática nunca fue crear software, eso solo es un medio para alcanzarlo.
 
Pero si intentas matizar alguna de las exageraciones, se te acusa de ser un ciego que no sabe ver las posibilidades de la inteligencia artificial o —peor— un reaccionario que se niega a aceptar el inevitable progreso.
 
Cualquier cosa que no sea aceptar sin reservas que todo trabajo intelectual debe ser automatizado lo máximo y antes posible con IA, inmediatamente te convierte en sospechoso, porque nos hemos sometido a una dictadura de la velocidad que no admite disidencia.
 
Nos intentan convencer de que la tecnología evoluciona tan rápido que la reflexión es un lujo que no nos podemos permitir. Que, si no queremos quedarnos atrás, lo que tenemos que hacer es correr, aunque no tengamos ni idea de hacía donde ni porqué.
 
Esa sensación de urgencia constante y la amenaza de perder su medio de vida ha sumido a muchos profesionales, directivos y empresarios del sector digital en un miedo existencial que les hace actuar de forma no racional.
 
Por eso no podemos permitir que nos hurten ese debate. Necesitamos hablar de IA sin urgencia, sin ruido y sin miedo.
 
Sin urgencia no significa sin ambición. Significa no confundir velocidad con dirección.
 
Sin ruido no significa sin entusiasmo. Significa distinguir entre lo que aporta valor real y lo que es mero marketing.
 
Sin miedo no significa sin respeto. Significa aceptar que la IA va a transformar nuestra forma de trabajar y asumir tanto el peaje de esa transformación como las nuevas oportunidades que va a crear.
 
Y sin estridencias.
 
Cada nueva tecnología siempre ha avanzado entre dos posiciones extremas: los que creen que salvará el mundo y los que creen que lo destruirá. Pero el debate interesante suele ocurrir en medio. En ese lugar incómodo donde hay que probar, medir, equivocarse, corregir, aprender y volver a intentarlo.
 
Ese debate es demasiado complejo para que se produzca en Twitter y demasiado importante como para esperar a que surja de forma espontánea sin hacer nada al respecto.
 
Hace seis años, en 2020, la incertidumbre también se apoderó del sector tecnológico. Nuestra humilde contribución para intentar luchar contra el pesimismo reinante fue negarnos a cancelar nuestra pequeña conferencia técnica, para transformarla en un programa de televisión de seis horas en directo donde poder reencontrarnos.
 
En la web del evento aún se puede leer el porqué: «Nos negamos a tirar la toalla ante un virus o cualquier otra adversidad. Nos adaptaremos, lucharemos, pero nunca nos rendiremos».
 
Seis años después, muchas cosas han cambiado, pero seguimos pensando igual. Por eso, hemos decidido volver a transformar nuestra pequeña conferencia técnica para convertirla en un lugar donde pueda producirse ese debate que consideramos tan necesario. Un lugar donde podamos sacudirnos ese pesado manto de pesimismo.
 
No sé si lo conseguiremos. Lo que sí sé es que el futuro del software no debería definirse desde el miedo. Y el de nuestra carrera profesional, tampoco.

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