La lotería de «los listos»

¿Y si pudieras apostar qué partido ganará las próximas elecciones en España, si Taylor Swift se casará este año o qué compañía liderará la carrera de la inteligencia artificial a final de 2026?
 
Cuando descubrí el fenómeno de los mercados de predicción me llamó poderosamente la atención. Plataformas como Kalshi o Polymarket, que funcionan de manera relativamente sencilla: apostamos a que algo sucederá o no en un futuro. Si acertamos, nos llevamos un dólar por cada «contrato» que tengamos. Si fallamos, no nos llevamos nada.
 
El coste de esos contratos, en teoría, está directamente relacionado con la probabilidad de que ese evento futuro acabe siendo realidad. Si un contrato que apuesta por la victoria de España en la Copa del Mundo cuesta 0,17 dólares, quiere decir que —en teoría— se considera que hay un 17 % de probabilidades de que ganemos.
 
Si somos bicampeones del mundo, por cada 17 centavos que hayamos apostado nos darán un dólar, 83 de ganancia bruta. Si España no gana, perdemos todo lo apostado. No hay más.

Lo interesante es de dónde salen esos 83 centavos. Porque, al contrario que en las casas de apuestas tradicionales, los mercados de predicción no funcionan como contraparte ni establecen «cuotas», sino que son meros facilitadores de contratos cruzados: si tú puedes apostar 17 centavos para conseguir un dólar si España gana el mundial es solo porque hay alguien dispuesto a apostar 83 centavos para conseguir un dólar si no ganamos.
 
Y si detrás de los mercados de predicción no hay corredores de apuestas profesionales sino personas como nosotros, es fácil caer en la tentación de pensar que habrá apuestas estúpidas con las que podríamos ganar mucho dinero.
 
Gente comprando contratos por encima de su probabilidad real. Gente de la que, en teoría, podríamos aprovecharnos con una aproximación más estadística y sistemática.
 
La realidad, sin embargo, es un poco más complicada.

Si la lotería se denomina condescendientemente como «el impuesto de los tontos», por las escasas probabilidades de ganar, los mercados de predicción son «la lotería de los listos» o, mejor dicho, de los que se creen más listos que nadie. Porque piensan que pueden aprovecharse de la ignorancia o la estupidez de otros para ganar, pero ¿realmente se puede?
 
Para contestar esa pregunta hice lo que haría cualquier informático con demasiada curiosidad y poco apego por su tiempo libre: abrir una cuenta en una plataforma, conectar un agente de IA a su API y ponerme a analizar datos.
 
Antes de que empieces a apostar a que Finlandia ganará Eurovisión o si Elon Musk pisará Marte, deja que te cuente lo que aprendí. Igual te sale rentable.
 
Lo fascinante de los mercados de predicción es que, a todos los efectos, funcionan como un mercado financiero. Es como si alguien hubiera construido una maqueta transparente de la Bolsa. Una en la que puedes ver las tuberías que hacen funcionar el sistema: todas las órdenes introducidas, con qué liquidez y a qué precio.
 
En el momento en que escribo esto, apostar por la victoria de España en el Mundial cuesta 16,4 centavos. Pero solo hay 57 contratos disponibles a ese precio, con un valor total de 9,35 dólares.
 
¿Y si quisiéramos apostar 15 dólares? No habría liquidez suficiente a 16,4 centavos, tendríamos que completar la orden con contratos a 16,5 centavos y subiríamos la cotización de los contratos. Exactamente igual que en la Bolsa y podemos ver cómo funciona absolutamente todo.
 
De hecho, Kalshi —la principal plataforma en Estados Unidos, con un 89 % de cuota de mercado— no opera bajo una licencia de juego tradicional, sino como un mercado regulado por la CFTC (salvando las distancias, algo parecido a nuestra CNMV).
 
Y está arrasando. El sector ya movió 63.500 millones de dólares en 2025, sin embargo, apenas hemos prestado atención a este fenómeno.
 
Es el tipo de tsunami regulatorio que suele pillarnos mirando hacia otro lado porque, aunque no tengamos ninguna regulación específica ni se la espera… podemos jugar desde aquí con muy poca fricción.
 
Lo primero que hay que tener en cuenta es que, a diferencia de los mercados bursátiles, ni siquiera es un juego de suma cero —uno tiene que perder para que otro pueda ganar— sino negativa.
 
En teoría, el SÍ y el NO deberían sumar 100 centavos. En la práctica, la suma suele ser mayor. Ese exceso es el overround: el pequeño margen que hace que el juego empiece inclinado antes incluso de que pase nada y que las casas de apuestas garanticen sus beneficios a largo plazo, independientemente de los resultados.
 
A eso además hay que restar unas comisiones estructuradas de forma «cuadrática», que penalizan especialmente los precios más bajos y —al menos en el caso de Kalshi— un suelo mínimo de 1 centavo. Es decir que mientras que en un contrato que te cueste 98 centavos apenas vas a pagar el 0,2 %, en un contrato que cueste 1 vas a pagar un 100 %.

Los contratos baratos (entre 5 y 20 centavos) son especialmente tentadores: «solo arriesgo 5 para ganar 95», pero las comisiones crean una brecha brutal. Un contrato a 10 centavos implica un 10 % de probabilidad, pero el break-even real está en 12,3 %. Necesitas acertar un 23 % más de lo que el precio sugiere solo para no perder dinero.
 
En las apuestas «más seguras» la asimetría es menor, pero también determinante. La aritmética es despiadada y la ley de los grandes números te laminará: puede que ganes al principio, pero si sigues jugando acabarás perdiendo. De media, por cada ganador hay 2,9 perdedores.
 
La única forma de ganar recurrentemente es el edge: saber algo que nadie más conoce.
 
Y aquí es donde aparece el lado oscuro de los mercados de predicción. Porque si ese es el único camino para ganar de forma consistente, el sistema incentiva la manipulación de eventos, la búsqueda de información privilegiada y los bots.
 
Desgraciadamente, no es un escenario teórico sino una realidad.

Hace poco se investigó la manipulación de una estación meteorológica en París para ganar una apuesta sobre la temperatura máxima que se alcanzaría en la capital francesa.
 
A principios de año, un sargento del ejército de Estados Unidos, implicado en la planificación y ejecución de la operación militar para capturar a Nicolás Maduro, fue acusado de ganar 400.000 dólares usando información clasificada para apostar a que el presidente venezolano perdería el poder antes del 31 de enero de 2026.
 
No son los únicos casos, pero bastan para entender los incentivos perversos que genera el sistema.
 
No estamos hablando de manipular resultados deportivos, sino decisiones y políticas que pueden impactar significativamente en la vida de mucha gente.
 
La tercera vía para lograr edge es la programática, crear agentes de IA que escudriñen cada apuesta, buscando discrepancias entre las probabilidades estadísticas y el precio de los contratos.
 
Si quieres intentarlo, ánimo. A lo mejor consigues dar con un patrón que nadie ha encontrado —yo estoy estudiando el sesgo de inmediatez en los partidos de tenis femenino en los que la favorita pierde el primer set, pero remonta en el segundo—, pero debes saber que hay estudios que demuestran que solo 2 de cada 7 LLMs obtienen resultados positivos en un mercado de predicción.
 
Si aun así quieres seguir adelante, que sepas que los mercados de predicción no solo no te lo van a impedir, sino que van a extenderte una alfombra roja.
 
La cuestión no es si los agentes de IA dominarán estos mercados, sino qué papel queda para el humano que entra desde el móvil pensando que está apostando contra otras personas.
 
Su infraestructura ya está pensada para ellos: WebSockets, APIs que exponen toda la plataforma y hasta ficheros llms-full.txt para que puedan zamparse de un bocado toda la documentación del servicio.
 
Pregúntate por qué.
 
Los mercados de predicción son una maravilla pedagógica para entender cómo se forman los precios, un entretenimiento peculiar y más o menos costoso… y, también, una trampa matemática para casi todos los que creen que pueden ganar dinero con ellos.
 

Torresburriel, patrocinador de la Bonilista 787
 

La IA, sin estrategia de UX, es un riesgo


En Torresburriel Estudio llevan QUINCE AÑOS trabajando en diseño de experiencia de usuario. En los dos últimos, la conversación con equipos de producto y directivos de tecnología siempre arranca igual: "¿qué hacemos con la IA?" Y es normal: hay mucho ruido, muchas demos espectaculares y no está del todo claro qué tiene sentido hacer y por dónde empezar.

Ellos llegan a la respuesta desde la experiencia de usuario, no desde la tecnología. Y eso cambia completamente la forma de abordarla. Porque el problema casi nunca es el modelo, sino que nadie lo ha diseñado cómo van a usarlo las personas.

La AI Experience Suite es el framework con el que acompañan a organizaciones para resolverlo: con metodología de diseño centrado en el usuario como palanca, desde el diagnóstico hasta que la IA genere valor DE VERDAD. Del que se puede ver en la cuenta de resultados.

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