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En 1963, Cormac McCarthy compró una máquina de escribir Olivetti Lettera 32 por 50 dólares en la que escribió la mayor parte de su obra, incluyendo «La carretera» y «No es país para viejos». Cuando se le estropeó, casi 50 años después, compró otra igual.
La Lettera 32 era ligera y compacta. De solo 32 centímetros de ancho y 9 de altura, estaba hecha de aluminio y no llegaba a los 6 kilos de peso. Sus teclas estaban perfectamente alineadas y corrían muy suavemente, por lo que se le apodó «el Ferrari de las máquinas de escribir». El compromiso perfecto entre utilidad y belleza que Olivetti siempre supo alcanzar en sus productos.
Sin embargo, hoy poca gente recuerda a la marca italiana y menos aún sabe que su mayor contribución al mundo no fueron —ni de lejos— sus excepcionales máquinas de escribir.
La empresa fue fundada en 1908 por Camillo Olivetti en Ivrea, su pueblo natal, pero la verdadera revolución llegaría con su hijo Adriano.
En 1925, al terminar su carrera, su padre le mandó a Estados Unidos para que estudiase las modernas técnicas de fabricación y dirección de empresas. Adriano se enamoró de los sistemas de producción en serie, la división de tareas y los principios de organización científica del trabajo que acabó derivando en el taylorismo.
Cuando regresó a casa, propuso a su padre un ambicioso e innovador plan para modernizar Olivetti: organización descentralizada del personal, gestión por roles y racionalización de los métodos de montaje.
Pero, al contrario que el enfoque de Taylor —que trataba al trabajador como un mero engranaje más en el proceso de producción, limitando su creatividad y autonomía— tanto Adriano como su padre concebían la empresa como una «comunidad», superando el enfrentamiento entre patronos y obreros.
Las buenas ventas del modelo M20, lanzado en el periodo de entreguerras, les dieron los recursos necesarios para convertir esas ideas en realidad, invirtiendo en lo que consideraban el activo más valioso de la compañía… sus empleados.
En Olivetti, los trabajadores disfrutaban de ventajas nunca vistas: descansos de maternidad, comedor gratuito, servicio de guardería hasta los 6 años y colonias de verano para sus hijos, participación en los beneficios, conciertos, viajes organizados, bibliotecas en las fábricas, instalaciones llenas de luz natural y grandes espacios para facilitar el trabajo.
En 1928 crean el departamento de publicidad que dirige el propio Adriano Olivetti y que colabora con importantes artistas y diseñadores para crear una identidad visual única.
En 1933, Adriano asume el cargo de director general y, bajo su dirección, se inicia la construcción de un complejo de 27 edificios en Ivrea que incluía fábricas, residencias para los trabajadores, museos, viviendas de cuatro alturas, guarderías y amplias zonas verdes. En 2018, el conjunto fue declarado Patrimonio de la Humanidad.
Es decir, crearon un modelo de campus empresarial que —75 años después— siguen imitando sedes corporativas como el Apple Park o el GooglePlex.
Uno de esos 27 edificios alojaba el Centro de Formazione Mecanici donde se formaba a los jóvenes que posteriormente entraban a trabajar en la empresa. Estudiaban matemáticas, química, física y literatura italiana, pero también filosofía, política y sindicalismo, el cuerpo humano y arquitectura.
Camillo falleció en 1943 sin poder ver acabado el complejo, que se finalizó en 1960.
Adriano quedó al frente en solitario y una de sus primeras decisiones fue acoger en la fábrica, de forma semiclandestina, a Cesare Musatti —padre del psicoanálisis italiano— que era perseguido por sus orígenes judíos y su activismo político.
Allí, Musatti fundó el primer laboratorio de psicología industrial e implementó un proceso de selección interna que trataba de encontrar el mejor puesto de trabajo a cada empleado, según su potencialidad e inquietudes personales. Un trabajador realizado era más productivo y generaba más beneficios. Todos ganaban. Parece bastante obvio, pero hace 70 años era revolucionario.
En 1954, abrieron su primer showroom, un nuevo concepto de tienda que se convirtió en un verdadero referente del interiorismo y el diseño, encargado a los arquitectos más punteros del momento. Su sobria elegancia hace que las Apple Stores parezcan una simple copia low-cost.
Para finales de los años 50, Olivetti era la sexta compañía más grande de Italia. Contaba con 54.000 empleados en 117 países. Solo en Italia, más de 14.000 personas habían llegado de todo el país para trabajar en el pequeño pueblo de Ivrea.
Un puesto de trabajo en Olivetti no era solo un empleo sino un estilo de vida. Los trabajadores tenían sus propios festivales de cine y arte. Intelectuales como Pier Paolo Pasolini, Dario Fo o Vittorio Gassman acudían regularmente a impartir conferencias a su centro cultural.
Y entonces todo empezó a venirse abajo.
El final de Olivetti no tuvo nada que ver con su organización interna o su política laboral sino con la coincidencia de dos hechos que, al combinarse, fueron devastadores para la empresa.
Por un lado, la transición de la mecánica a la electrónica: necesaria, pero devastadoramente costosa. Fabricar una máquina electromecánica requería casi 9 horas de trabajo mientras que su equivalente electrónico solo necesitaba 50 minutos. Eso sí, implicaba una altísima inversión en nueva maquinaria y formación del personal.
Y, en ese salto al vacío, Olivetti no se restringió a las máquinas de escribir. En 1959 produjo el Elea 9003, primer ordenador de Italia y uno de los primeros del mundo que usaban transistores en vez de válvulas de vacío.
Justo en ese momento crítico para la compañía, en 1960, Adriano Olivetti falleció de forma sorpresiva de una isquemia cerebral mientras viajaba en tren de Milán a Lausana. Solo tenía 58 años.
No se realizó autopsia, lo que dio pie a teorías conspirativas alrededor de su muerte. Tras la desclasificación de documentos de la CIA, se confirmó que el industrial progresista estuvo vigilado los diez últimos años de su vida por la agencia de inteligencia estadounidense, que lo veía como una amenaza a su incipiente industria informática.
Una de las primeras unidades del Elea 9003 iba a ser instalada en un ministerio en Roma. Misteriosamente, desapareció durante el transporte desde Ivrea. Un año después, técnicos de Olivetti encontraron un ordenador con características técnicas muy similares a las del Elea en una empresa estadounidense.
En 1961, la muerte de Mario Tchou, ingeniero a cargo del laboratorio de investigación electrónica en Olivetti, apenas un año después de la de Adriano y también en circunstancias inusuales —un trágico accidente de tráfico— supuso el fin del proyecto Elea.
En 1964, la empresa vendió su división de electrónica a la estadounidense General Electric. Continuaron fabricando productos informáticos, pero nunca volvieron a ser punta de lanza de la industria informática.
Les dio tiempo, eso sí, para fabricar productos como la terminal de video TCV-250. Aunque su diseño tiene casi sesenta años, es tan vanguardista que está en la colección permanente del MoMA de Nueva York y hace parecer anticuados a los ordenadores actuales.
Olivetti nunca superó estas dos muertes, pero, sobre todo, la transición de la mecánica a la electrónica. En 1994, dejaron de fabricar máquinas de escribir para dedicarse a diseñar y ensamblar ordenadores personales, pero no podían competir con los precios que ofrecían los fabricantes taiwaneses.
Finalmente, tras múltiples virajes corporativos y cambios en la propiedad, Olivetti dejó de ser una compañía independiente en 2003 para ser absorbida por Telecom Italia. En el camino, había perdido el 90% de su plantilla, que alcanzó las 62.000 personas en la década de los 70.
Hasta aquí, la historia empresarial clásica: una compañía brillante que no sobrevivió a un cambio tecnológico brutal y a la pérdida de sus líderes. Pero reducir Olivetti a eso sería un error cómodo.
Porque Olivetti no cayó por tratar demasiado bien a sus empleados, ni por invertir en cultura, ni por obsesionarse con el diseño.
Durante décadas demostró algo que hoy seguimos discutiendo como si fuera una extravagancia ingenua: que una empresa puede ser rentable, global y tecnológicamente puntera sin renunciar a tratar a las personas como personas.
En el sector informático repetimos constantemente el mantra de la innovación. Hablamos de disrupción, de escalabilidad, de eficiencia, pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos para qué.
Olivetti lo tenía claro: la tecnología no era el fin. Era el medio. El fin era construir algo que mejorara la vida de quienes lo usaban y también de quienes lo hacían posible.
Lo verdaderamente revolucionario no eran sus máquinas, sino la idea de empresa que había detrás. Y esa es la parte que sí podemos copiar.
Porque en cada empresa tecnológica actual —la tuya, la mía— seguimos enfrentándonos a las mismas falsas dicotomías: eficiencia o humanidad, beneficio o cultura, diseño o funcionalidad. Olivetti demostró que no eran incompatibles. Hoy, más que nunca, es importante recordarlo.
Y si alguna vez dudamos de si merece la pena intentar construir algo así, basta recordar que, durante un tiempo, en un pequeño pueblo llamado Ivrea, alguien se atrevió a escribir el futuro.
Y funcionó.
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