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A finales de los 80, Adobe imprimía billetes casi literalmente.
Su tecnología de impresión PostScript era un estándar comercial abierto, pero su implementación no. Si querías incluir su intérprete en tus impresoras, tenías que pasar por caja. Y si querías que tu sistema operativo incluyera su motor de renderizado de fuentes tipográficas, también.
Pero es que, además, cada usuario tenía que pagar aparte las fuentes adicionales que usara.
Cualquier fabricante podía crear fuentes para PostScript con el formato Type 3, pero Adobe se reservó la información sobre cómo crear las Type 1, que accedían a instrucciones exclusivas que mejoraban el renderizado. Esa jugarreta empresarial implicaba que, en la práctica, tenía el monopolio de la comercialización de las mejores fuentes.
Y ese afán por quedarse con todo el negocio tipográfico casi acabó con ella.
Porque, aunque andaban a la gresca en los tribunales por la similitud de sus interfaces gráficas, Apple y Microsoft encontraron algo en lo que estaban de acuerdo: no querían depender tanto de Adobe.
Apple tenía un motor de renderizado propio, pero estaba harta de pagar royalties por cada impresora compatible con PostScript que vendía.
Microsoft no tenía que pagar esa factura, pero no estaba dispuesta a que funcionalidades clave de sus productos, como el renderizado de fuentes en pantalla e impresión, dependieran de un tercero.
En 1989 cerraron una alianza a la que Microsoft aportó TrueImage —su propia implementación de un intérprete PostScript, que Apple podía usar en su hardware— y Apple contribuyó con TrueType, su propio sistema de fuentes escalables.
Un win-win para los dos enemigos íntimos y un potencial KO para Adobe, que veía amenazado todo su stack tecnológico. Empezaba lo que se llegó a conocer como Font Wars o «Guerra de las Fuentes».
Adobe contratacó liberando Type 1 en 1990 para que cualquier desarrollador pudiera crear fuentes compatibles y así fortalecer el formato antes de que llegara TrueType.
Ese movimiento le dio un año de ventaja en el mundo Macintosh, que no incorporó TrueType hasta 1991, y dos en el entorno Microsoft, al que llegó en 1992 con Windows 3.1.
Finalmente, las Font Wars acabaron con el «armisticio» que supuso el acuerdo alcanzado en 1996 para fusionar lo mejor de Type 1 y TrueType en el nuevo formato OpenType. Pero para cuando llegó ese momento, Adobe ya era consciente de que no sobreviviría centrándose solo en la tecnología de impresión, sino que debía capturar muchos más eslabones de la cadena de valor de la creación de contenido.
Esa transición empezó antes incluso de las Font Wars, cuando lanzó Illustrator en 1987, un programa que permitía dibujar aprovechando la potencia de PostScript sin escribir código.
John Warnock, cofundador de Adobe, tenía un problema en casa. Su mujer era diseñadora gráfica y él pasaba parte de sus noches programando lo que ella quería imprimir. Illustrator permitió que los diseñadores hicieran ese trabajo con un ratón.
Y en 1990 llegó Photoshop, que posibilitaba el retoque de fotografías.
La secuencia importa.
Adobe no descubrió las aplicaciones cuando Apple y Microsoft se aliaron contra ella. Ya las estaba desarrollando y comercializando, pero si no hubiera visto amenazada su existencia, es probable que no hubiera apostado tan decididamente por ellas.
Porque no fueron, ni de lejos, un éxito inmediato.
Adobe se planteó cerrar la división de aplicaciones después de CUATRO años de pérdidas. Los productos que hoy identificamos con la compañía tuvieron que justificar su existencia frente al negocio que ya funcionaba, pero la Guerra de las Fuentes hizo evidente el riesgo de depender de un modelo de negocio en el que tus principales clientes pueden convertirse en competidores.
Las aplicaciones no solo permitían ampliar la facturación, sino también acceder al usuario final. Si un fabricante de impresoras decidía prescindir de Adobe, la compañía podría seguir vendiendo herramientas a quienes creaban los contenidos.
Pero aún quedaba otro eslabón de la cadena de valor que Adobe quería conquistar: poder compartirlos.
Para que un tercero pudiera ver un documento tal y como se había concebido, necesitaba tener instaladas las mismas fuentes y… la misma versión del mismo programa con el que se creó.
Para solucionarlo Adobe empezó a trabajar en el Proyecto Camelot, con el objetivo de poder intercambiar documentos conservando su apariencia en aplicaciones y ordenadores diferentes. Las páginas viajarían con sus textos, imágenes y maquetación, listas para verse o imprimirse.
La idea surgió en una ocasión en la que Steve Jobs se empeñó en imprimir un complejo formulario fiscal en una LaserWriter durante una de sus famosas presentaciones, pero tardaba dos minutos y no creía que pudiera mantener la atención del público durante tanto tiempo.
Warnock procesó previamente los cálculos y bucles del programa y guardó las instrucciones gráficas resultantes. La impresión bajó a unos veinte segundos, en los que Jobs podía encandilar a la audiencia con un simple chascarrillo.
Esas instrucciones fueron el origen de Camelot, del que acabó surgiendo… el PDF. Adobe había creado un idioma común para ordenadores e impresoras y ahora lo reaprovechaba para facilitar que los documentos pudieran compartirse.
En 1993 lanzó Acrobat y PDF, que tampoco fueron un éxito inmediato. El problema es que Adobe quería cobrar no solo al creador de contenido, también al que lo consumiera.
La primera versión de Acrobat Reader costaba 50 dólares, pero la compañía ya sabía cuánto daño podía hacer el exceso de codicia, así que con su segunda versión lo hizo gratuito.
Para vender herramientas con las que crear documentos, primero necesitaba que cualquiera pudiera leerlos sin pagar. Adobe apostó por regalar una parte del negocio para hacer más grande la otra. Y le salió bien.
Un año después del lanzamiento del PDF, en 1994, Adobe compró Aldus, la empresa que había creado el programa de maquetación PageMaker, lo que le permitió completar toda la cadena de valor desde la creación a la impresión. A dibujar, retocar e imprimir, ahora sumaba la herramienta para maquetar las páginas.
Y esa posición de poder empezó a levantar recelos. Porque el catálogo de Aldus incluía muchos más productos que PageMaker… incluyendo el principal competidor de Illustrator en el nicho de la ilustración vectorial: FreeHand. Así que la Comisión Federal de Comercio le obligó a desprenderse de él.
En 1996, cuando finalizó la Guerra de las Fuentes, las licencias y royalties de sus tecnologías de impresión ya solo suponían el 25 % de los ingresos de Adobe. El resto provenía de productos y aplicaciones.
Warnock y su socio Charles Geschke habían conseguido darle la vuelta a la compañía en apenas unos años. Entonces, mientras Adobe ampliaba y consolidaba su negocio alrededor de la impresión, la web ya estaba cambiando para siempre cómo publicamos y consumimos contenidos.
Y cuando Adobe intentó trasladar su posición de poder a la web, acabó descubriendo que allí el poder lo tiene el que controla el acceso a las pantallas.
Pero de eso, si os interesa, hablamos otro día...
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