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Casi todo el mundo conoce a NVIDIA. Cualquiera que haya prestado un mínimo de atención al boom de la inteligencia artificial sabe que es una de las empresas más importantes del mundo.
Nos han explicado que la IA se entrena con GPU o procesadores gráficos, una tecnología en la que la compañía estadounidense es líder indiscutible. Y quien domine el mercado de las GPUs también será quien lidere la nueva economía.
Pero esa historia está incompleta.
Porque NVIDIA diseña chips, pero no los fabrica. Los fabrica TSMC, una empresa taiwanesa que convierte ese diseño en obleas de silicio, pero… no cuenta con todas las máquinas que necesita para hacerlo.
Las obleas más avanzadas del planeta, las que acaban convertidas en procesadores para inteligencia artificial, teléfonos móviles o superordenadores, dependen de una tecnología tan compleja que solo una empresa ha conseguido industrializarla.
Esa empresa no está en Silicon Valley ni en Taiwán, ni tampoco en Corea del Sur. Está en Veldhoven —una pequeña ciudad neerlandesa de menos de 50.000 habitantes— y se llama ASML.
ASML no entrena modelos. No diseña GPU. No manufactura chips. Lo que fabrica son unas máquinas gigantescas (del tamaño de un autobús), carísimas (la nueva generación ronda los 400 millones de dólares, lo mismo que una escuadrilla de 5 cazas F-35A) y absurdamente precisas que emplean luz ultravioleta extrema (13,5 nanómetros de longitud de onda, muchísimo más corta que la luz ultravioleta convencional) para dibujar circuitos diminutos sobre obleas de silicio.
La parte divertida es cómo se consigue esa luz.
Para generarla, la máquina dispara dos pulsos de un láser de CO₂ contra una gota microscópica de estaño que se mueve a gran velocidad. El impacto vaporiza el metal y crea una pequeña bola de plasma —40 veces más caliente que la superficie del Sol— que emite la luz necesaria. Y lo repite 50.000 veces por segundo.
Como casi todo absorbe esa luz, incluso el aire, el recorrido entero tiene que ocurrir en alto vacío. Y como las lentes normales tampoco sirven, la luz se guía con espejos multicapa de una precisión disparatada.
Dicho de forma menos técnica, ASML fabrica las impresoras más importantes del planeta. Porque, antes de que el futuro pueda ejecutarse en un centro de datos, hay que imprimirlo.
Eso debería bastar para que ASML fuese famosa. Pero no lo es.
Al menos no para el gran público. Y, sin embargo, estamos hablando de una compañía que en 2025 facturó 32.700 millones de euros, obtuvo 9.600 millones de beneficio neto, invirtió 4.700 millones en I+D y empleaba a más de 44.000 personas.
Sus inicios, sin embargo, fueron mucho más modestos.
ASML nació en 1984 como una joint venture entre Philips y ASM International con la misión de comercializar una máquina de litografía desarrollada previamente dentro de Philips, el PAS 2000. En 1986 lanzó el PAS 2500 en colaboración con la alemana Carl Zeiss, una relación que acabaría siendo esencial para su dominio en la litografía de precisión.
Pero el negocio no acababa de despegar: tenía pocos clientes y requería mucha inversión. Cuando estaba a punto de quedarse sin financiación, Philips aceptó darle una última oportunidad. El resto es historia.
Una historia preciosa, porque rompe varios mitos.
No todos los campeones tecnológicos nacen como startups puras. Algunos lo hacen como proyectos incómodos dentro de grandes corporaciones. Algunos necesitan décadas de ingeniería aplicada y una paciencia que parece incompatible con los bonus por resultados anuales.
Solo para convertir la luz ultravioleta extrema en una tecnología industrial, ASML invirtió más de dos décadas y 6.000 millones de euros en I+D.
En un mundo obsesionado con rondas, múltiplos y crecimiento medido mensualmente, ASML nos recuerda que algunas tecnologías críticas no se construyen en ciclos de dieciocho meses sino de dieciocho años. O más.
Pero ASML no lo hizo sola y, quizás, eso es lo más interesante de esta historia.
Porque en 2012, Intel, TSMC y Samsung aceptaron financiar a ASML. Entre los tres invirtieron 1.380 millones de euros para I+D y adquirieron una participación conjunta del 23 % en la compañía por otros 3.850 millones de euros.
Es decir, los clientes financiaron e invirtieron en el proveedor del que dependerían el día de mañana.
Y no lo hicieron por amor al arte, sino porque sabían que, sin ASML, su propio roadmap tecnológico estaba en peligro. Cuando un proveedor resuelve un cuello de botella que no puedes superar solo, pasa a convertirse en un socio estratégico.
ASML se aplicó su propia receta y, en 2016, acabó comprando el 25 % de Carl Zeiss SMT por 1.000 millones de euros e inyectó 760 millones adicionales para apoyar su I+D y capacidad productiva.
De ahí se puede extraer una lección enorme.
Nos han vendido hasta la saciedad que la única forma de crear un campeón tecnológico global es levantar capital riesgo como si no hubiera mañana y crecer lo más rápido posible —a cualquier coste— porque winner takes all.
El patrón replicable de ASML es otro: identifica un problema cuya eliminación suponga una gran ventaja comercial e integra a las compañías con las que trabajas y para las que trabajas en el proceso para resolverlo. Algo absolutamente disruptivo en un mundo en el que lo normal es intentar exprimir a proveedores y clientes, buscando el máximo beneficio a corto plazo en vez de construir relaciones mutuamente beneficiosas a largo plazo.
Por eso ASML no es una simple empresa, sino una orquesta industrial.
No fabrica absolutamente todo lo que vende. Coordina. Integra. Ensambla. Decide qué parte del conocimiento tiene que controlar y qué parte puede vivir en una red de socios —clientes y proveedores— extremadamente especializados.
Eso no parece una startup «de libro», sino política industrial hecha empresa.
Y aquí aparece Europa.
Durante años nos han contado que nos hemos quedado atrás. Que perdimos la carrera del software, la de los móviles, la de la nube y ahora también la de la inteligencia artificial. Y, en buena medida, es verdad. No tenemos un Google. No tenemos un Microsoft. No tenemos un Amazon. No tenemos una NVIDIA.
Pero tenemos ASML.
Y ASML demuestra algo incómodo para los derrotistas: que Europa todavía puede ser absolutamente puntera cuando juega una partida que entiende. Cuando no intenta copiar Silicon Valley veinte años tarde. Cuando nos ponemos de acuerdo ciencia, ingeniería, fabricación y capital paciente.
La pregunta interesante no es por qué no hay una NVIDIA europea, sino ¿por qué no tenemos más ASML en Europa y, concretamente, en España?
Para tener más empresas como ASML en España no necesitamos más discursos vacíos sobre soberanía tecnológica, sino una visión menos cortoplacista.
Más clientes dispuestos a comprar tecnología sin que el principal criterio para elegir una u otra sea siempre hacerse con la oferta más barata. Más capital que entienda que una ventaja profunda no se construye de la noche a la mañana. Y, también, políticos a los que el futuro del país les preocupe al menos tanto como ganar las próximas elecciones.
Para tener más empresas como ASML en España no necesitamos compartimentar más y más nuestros esfuerzos, sino asumir de una vez por todas que debemos colaborar, para no caer en la irrelevancia.
Justo lo contrario de un país donde cada región, administración y organismo intenta resolver por separado problemas similares.
Mientras la IA se fabrica con máquinas neerlandesas, óptica alemana, investigación belga y una cadena de proveedores repartida por medio mundo, nosotros apostamos por tener 17 sistemas informáticos sanitarios distintos, trabajando en paralelo, a pesar de que el 99 % de las funcionalidades sean iguales.
Sin embargo, cuando nos da por colaborar —anteponiendo el interés general a cualquier otra cosa— somos capaces de organizar el sistema de donación y transplantes más eficaz del mundo.
A lo mejor deberíamos darle una vuelta.
ASML no demuestra que Europa lo tenga fácil sino justo lo contrario: que competir en tecnología avanzada es lento, caro e incierto. Pero también demuestra que, cuando ciencia, industria y capital se alinean durante el tiempo suficiente, Europa no tiene por qué limitarse a consumir el futuro que otros diseñan.
Puede imprimirlo. Un primer paso para recuperar el control sobre el suyo.
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