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Damos por hecho que imprimir un artículo como este, con letras de diferentes tipos y tamaños, es algo relativamente sencillo. Sin embargo, hasta hace no mucho tiempo, trasladarlo al papel usando dispositivos con diferentes funcionalidades y resoluciones era todo un problema.
Adobe convirtió ese problema, aparentemente menor, en la base de una industria que, hoy por hoy, factura más que la inteligencia artificial y la ciberseguridad juntas. Esta es la historia de cómo la impresión digital se comió el mundo.
En 1977, después de una meteórica carrera en Xerox, a Charles «Chuck» Geschke le ofrecieron crear un nuevo laboratorio de Ciencias de la Imagen para conseguir que ordenadores e impresoras láser pudieran imprimir no solo texto, sino todo lo que podía estampar una imprenta tradicional: gráficos, fotografías y colores.
Al año siguiente contrató a John Warnock, un reputado experto en gráficos generados por ordenador, para que creara el software que permitiera no solo imprimir lo mismo que una imprenta tradicional, sino también hacerlo en cualquier impresora, independientemente de sus características o la resolución que manejara.
Y es que, en aquel entonces, imprimir cualquier cosa que fuera más allá del texto plano suponía activar funcionalidades de la impresora que cada modelo implementaba de forma distinta, si es que las implementaba.
El mismo documento que en una Xerox 9700 se imprimía con un encabezado se transformaba en un conjunto de garrapiños si intentabas imprimirlo en una IBM 3800. Pero es que también te podía pasar si lo imprimías en una Xerox 5700, aunque fuera del mismo fabricante.
Con la colaboración de un puñado de ingenieros, Geschke y Warnock desarrollaron un protocolo de impresión que permitía imprimir formas geométricas, texto de distinto tipo, tamaño y orientación e imágenes —en blanco y negro o a color— en cualquier impresora que lo implementara. Lo llamaron Interpress.
Al presentarlo a los directivos de Xerox, les propusieron convertir Interpress en un estándar comercial abierto, que revolucionaría la informática al permitir que cualquier ordenador se comunicara con cualquier impresora.
Tardaron dos años en convencer a la dirección para que adoptase Interpress como protocolo estándar de impresión.
Cuando por fin lo consiguieron, los ejecutivos condicionaron la publicación del protocolo a que Xerox comercializase una primera impresora compatible, para lo que estimaron un plazo de alrededor de siete años.
Eso hizo que algo se rompiera dentro de Geschke y Warnock. No soportaban la idea de tener que esperar siete años para ver funcionando la tecnología que habían creado, así que decidieron rehacerla por su cuenta.
En noviembre de 1982 ambos dimitieron de sus cargos en Xerox y el 2 de diciembre fundaron su propia compañía, a la que pusieron el nombre del arroyo que corría detrás de la casa de Warnock en Los Altos: había nacido Adobe.
El plan original de Geschke y Warnock era crear sistemas completos de producción documental: estaciones de trabajo, impresoras y… el software que los hiciera funcionar: PostScript, su propia versión de Interpress.
Afortunadamente para ellos, tuvieron la cintura —y la humildad— necesaria para modificar su plan de negocio y adaptarlo a la realidad del mercado.
Al poco de fundar su empresa, recibieron una llamada de DEC interesándose por lo que estaban haciendo. La multinacional estaba encontrando dificultades para desarrollar un protocolo de impresión para su nueva línea de impresoras láser y se interesó en comprar PostScript para hacerlas funcionar.
Un mes después recibieron otra llamada. Un antiguo compañero de Xerox que ahora trabajaba en Apple le comentó a Steve Jobs lo que estaban haciendo.
Jobs quería lanzar una impresora láser de gama alta con el nuevo Macintosh y ya casi tenía el hardware listo, pero carecía de un protocolo de impresión.
A Steve no le interesaban ni sus ordenadores ni sus impresoras, pero quería su software y les ofreció comprarles Adobe por cinco millones de dólares.
Geschke y Warnock declinaron la oferta, pero entonces Jobs les propuso licenciar PostScript, pagándoles por adelantado 1,5 millones de dólares por los futuros royalties e invirtiendo otros 2,5 millones de dólares a cambio del 20 % de la empresa.
Muchos años después Jobs recordaba que «les convencí de abandonar su plan de ser una compañía de hardware para convertirse en una compañía de software».
Esta segunda propuesta hizo que la pareja se replanteara su modelo de negocio y accediera a licenciar su tecnología a DEC, Apple y todos los fabricantes de ordenadores e impresoras que lo quisieran, como habían deseado hacer con Interpress. Adobe había encontrado su mercado.
Pero la clave del éxito de PostScript no es que permitiera imprimir cualquier cosa en cualquier impresora, sino que permitía imprimir BIEN cualquier cosa en cualquier impresora.
Para lograrlo, incluyeron un procedimiento en su software que les dio tal ventaja competitiva que decidieron no patentarlo y así no tener que publicar los detalles técnicos: su propia técnica de font hinting u optimización de fuentes.
Hasta ese momento, las fuentes tipográficas se solían representar como mapas de bits —un dibujo de cada carácter, para que nos entendamos— en los que se especificaba qué píxel se pintaba y cuál no, pero PostScript apostó por los gráficos vectoriales. Por definir cada carácter mediante fórmulas matemáticas en lugar de con píxeles.
La principal ventaja del uso de vectores es que se pueden agrandar todo lo que se quiera y nunca pierden calidad ni se ven «pixelados», porque el ordenador usa instantáneamente esas fórmulas matemáticas para saber lo que tiene que representar, manteniendo los bordes perfectamente nítidos.
El problema llega al reducir esos gráficos. Cuando una fuente vectorial se reduce mucho, sus contornos no siempre encajan en la rejilla de píxeles de una pantalla o… la de puntos de impresión de una impresora. Dos trazos que deberían tener el mismo grosor pueden acabar siendo distintos y los más finos solaparse, haciendo que la letra se vea borrosa, distorsionada o directamente desaparezca.
Hoy en día, cualquier impresora láser de oficina alcanza una resolución de 600 puntos por pulgada y las imprentas profesionales superan los 2400, pero la LaserWriter original solo llegaba a 300.
A esa resolución, si imprimes texto muy pequeño (de 6 u 8 puntos), los puntos de tóner siguen siendo lo suficientemente grandes como para emborronar las letras.
El algoritmo de font hinting modificaba ligeramente las fórmulas matemáticas de la letra en tiempo real para «forzar» a las líneas a alinearse perfectamente con la rejilla de píxeles o puntos. Adobe consiguió que las fuentes de PostScript mantuvieran una buena legibilidad, independientemente de la resolución.
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