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La imparable decadencia de David Bonilla

En la antigua Roma, algunos generales victoriosos eran homenajeados con un desfile en el que, según la tradición, se hacían acompañar por un esclavo que les susurraba al oído: «Hominem te memento». Recuerda que eres un hombre.

Nunca he hecho nada tan destacable como para merecer un desfile, pero sí he disfrutado de cierto reconocimiento profesional. Afortunadamente, me casé con una mujer que jamás me ha permitido endiosarme o sucumbir al halago fácil, porque nunca deja de repetirme que «llegará un momento en el que lo que hagas, pienses o escribas no le interesará a nadie. La gente se cansará de ti. Pasarás de moda. Es ley de vida».

Más tarde o más temprano, nos pasará a todos, pero sospecho que para mí ese momento ya ha llegado.

Las entradas de la TRG se venden más rápido que nunca y la Bonilista sigue teniendo miles de lectores que mantienen una tasa de apertura muy alta, pero… conseguir uno nuevo es cada vez más difícil. La barrera de los 17.000 suscriptores parece imposible de superar.

Mi decadencia no se refleja en el olvido de quienes ya me conocen, sino en que, cada año, me conozca una proporción menor de quienes llegan al sector informático.

En parte es culpa mía. Sería ingenuo pensar que alguien puede conservar intactas su frescura y originalidad después de quince años publicando ininterrumpidamente un texto semana tras semana.

Tampoco ayuda que escriba, básicamente, de lo que me dé la gana, sin ceñirme a un tema concreto dirigido a una audiencia determinada.

Pero, más allá de mis errores y limitaciones, el mundo en el que David Bonilla se dio a conocer ha dejado de existir.

La Bonilista nació en un Internet con mucho menos ruido. En 2011 no existía Substack, ni Medium, ni Patreon. Twitch acababa de escindirse de la sección de videojuegos de Justin.tv, Pinterest apenas salía de su beta cerrada e Instagram era una aplicación marginal para compartir fotografías cuadradas con filtros. La producción de contenido ha crecido de forma exponencial y, con ella, la competencia por conseguir nuestra atención.

Y por mantenerla.

Un estudio publicado en la revista Nature analizó 43.000 millones de tuits. En 2013, un hashtag permanecía entre los cincuenta más populares durante una media de 17,5 horas. En 2016, solo 11,9. Los investigadores encontraron la misma tendencia en búsquedas, libros, películas y otros medios.

Y esa saturación de contenido ha laminado el valor diferencial de las cabeceras. Mayoritariamente, ya no consumimos medios, sino los contenidos sueltos que nos sirven los algoritmos.

El informe sobre medios, confeccionado anualmente por la Universidad de Oxford, confirma que las redes sociales y las plataformas de vídeo han desplazado a la televisión y las cabeceras digitales como principales fuentes de noticias.

En un mundo donde los medios se han vuelto intercambiables e indistinguibles para los lectores, la Bonilista les exige registrarse, confirmar el registro y esperar hasta una semana antes de recibir un primer texto.

Pero esa fricción no es, ni de lejos, el principal obstáculo para el crecimiento de un canal como la Bonilista, sino la dictadura de la inmediatez.

En 2011, ya se competía por la atención del público, pero no había TikTok, ni shorts, ni reels. La Bonilista no es anterior a las redes sociales. Es anterior a la llegada del scroll infinito y algorítmico: la fastfoodización del contenido.

Los nuevos servicios han transformado nuestros hábitos de consumo. Queremos contenidos más audiovisuales y —también— más cortos.

Los correos personales no tienen nada que ver con las newsletters, pero no deja de ser significativo que una Bonilista contenga de media entre 10 y 20 veces más texto, unas 1.200 palabras.

Por supuesto, aunque la decadencia puede que sea inevitable, sucumbir a ella sin luchar —o, al menos, tratar de retrasarla lo máximo posible— no lo es.

Y sé cómo hacerlo. No hace falta hacer las ideas más pequeñas, sino reducir el esfuerzo necesario para conocerlas y permitir profundizar progresivamente en ellas.

Diego lleva AÑOS repitiéndome que debemos hacer un videopódcast para comentar y dar contexto a los temas que surgen en la Bonilista, del que extraer pequeños cortes que compartir en redes sociales.

Hasta ahora me he resistido numantinamente. No porque no quiera adaptarme a los nuevos tiempos, sino porque no tengo tiempo. Si ya me cuesta sacar adelante un texto semanal, como para meterme en cualquier otra cosa.

Hace unos meses, finalmente di mi brazo a torcer con una única condición: Diego se encargaría de poner en marcha todo lo que necesitáramos para grabar una primera temporada. Y, tal como esperaba al encargarle una tarea tan abierta a alguien con TDAH, con suerte publicaremos el primer episodio antes de 2034.

La pregunta es ¿por qué deberíamos hacerlo?

A estas alturas de mi vida, ¿por qué debería importarme llegar a más o menos gente? ¿Por vanidad? ¿Por ego? ¿por construir una audiencia en la que apalancarme para construir más productos y servicios?

En junio de 2018, la Bonilista tenía 8.500 suscriptores —justo la mitad que ahora— y fue más que suficiente para arrancar Manfred con miles de currículums.

La realidad es que aún me apetece seguir contando cosas. Y contarlas a mi manera. Porque, durante todos estos años, otro cambio —quizás el más relevante— ha sido la progresiva polarización de opiniones y contenidos.

Los matices no venden. La mesura se etiqueta como equidistancia y la objetividad como cobardía, por no apoyar con rotundidad un extremo u otro. Otro estudio publicado en Nature, analizó 105.000 titulares y concluyó que cada palabra negativa aumenta un 2,3% la probabilidad de que la gente haga clic. Otro, sobre 1,2 millones tweets publicados por 564 políticos estadounidenses, demostró que los mensajes que atacan al contrario tienen el doble de likes y más del doble de difusión que los que simplemente ensalzan los logros propios.

Para mí, la Informática no es solo mi profesión, sino también mi vocación y mi pasión. Creo que es una herramienta capaz de cambiar el mundo a mejor. Y estoy dispuesto a luchar para defender esa visión.

Y en un momento en el que la IA nos ha llevado a la mayor revolución tecnológica que ha experimentado el sector, se te puede señalar como contrarian o ludita, solo por matizar titulares alarmistas o simplificaciones de brocha gorda como que cualquiera puede replicar un SaaS en una tarde, que la IA «piensa» como un ser humano o… que ya no hacen falta desarrolladores.

Yo, que siete años antes de que se lanzara ChatGPT afirmaba públicamente que los informáticos no nos dedicamos a escribir código, tengo que justificar constantemente que no estoy en contra de la adopción de la IA solo porque no creo que en el camino tengamos que olvidar todo lo que hemos aprendido en el pasado… ni lo que somos.

Por eso me gustaría recordar a quienes llegan ahora que, aunque la IA nos permita construir mucho más fácilmente una aplicación por nuestra cuenta, el desarrollo de software es un trabajo holístico y colaborativo, donde el código solo es una pequeña parte de todo lo que se necesita.

Y que en un momento en el que se habla con total ligereza sobre perder cualquier control sobre la lógica de negocio que realmente se ejecuta en nuestro software, la ética hacker —de la que procede buena parte del corpus ideológico de nuestra profesión, la que nos convirtió en el colectivo menos corporativista de la historia— cristaliza alrededor de la idea de que ningún sistema debería ser tan sagrado, opaco o autoritario como para impedirnos averiguar cómo funciona.

No es que no creamos en cajas negras, es que abrirlas nos convierte en lo que somos. Es lo que creo y lo que sigo defendiendo.

Por eso sigo escribiendo y espero que cada vez me lea más gente. No para que me den la razón, sino para alimentar un debate que hoy está más vigente que nunca.

No sé si lo conseguiré. La decadencia de David Bonilla puede ser inevitable, especialmente si la única forma de retrasarla es convertirme en alguien que no soy. Ser fiel a uno mismo no significa ser fiel a un formato, sino a los valores en los que crees. Pasen de moda o no, generen o no más clics.

Puede que algún día Diego tenga todo listo para que lancemos un videopódcast, pero no me veréis nunca tratar al que piensa diferente como un enemigo ni al que me lee como un idiota o un vago.
 

TRGCON, la conferencia que nace alrededor de la Bonilista
 

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La TRGCON es la conferencia sobre tecnología y negocios que nace alrededor de la comunidad que lee cada semana La Bonilista como un punto de encuentro para todos los profesionales del sector tecnológico con ganas de hacer cosas, independientemente de su rol o experencia.

Este año celebramos la decimoprimera edición —donde intentaremos reflexionar sobre la IA, sin urgencias ni miedo— y la reacción de la comunidad ha sido increíble: a dos meses del evento, apenas quedan entradas disponibles.

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