«La semana del cangrejo», portada de la Bonilista 773
La semana de la langosta

Esta última semana hemos podido vivir en directo un ejemplo hiperacelerado del ensordecedor ruido, entusiasmo nihilista y —también— contradicciones que rodean a cada nuevo caso de uso de la inteligencia artificial.
 
El lunes acabó de hacerse viral Clawdbot. Aunque el proyecto llevaba cocinándose desde 2024 y a partir de diciembre del año pasado su adopción empezó a acelerar, de repente, estaba en todas partes. Se había convertido en the next big thing, algo que tenías que probar sí o sí si no querías quedarte fuerísima.
 
La verdad es que su propuesta de valor lo justifica: un asistente de IA que instalas en tu propia máquina —o en una instancia en la nube— y que se ejecuta de forma permanente. No es una pestaña del navegador que abres y cierras.
 
Puedes interactuar con él por WhatsApp, Telegram u otros canales y —aquí está la clave— puede trabajar con todos tus archivos —desde fotos a hojas de cálculo—, ejecutar cualquier programa que tengas instalado y gestionar tu correo, tu calendario, tus repositorios de código y prácticamente cualquier servicio online con los que gestionas tu vida personal y profesional.
 
Imaginad las enormes posibilidades que la combinación de esas funcionalidades permite. Por ejemplo, mandarte un mensaje de WhatsApp cada vez que te llegue un correo que exija que hagas algo, y que te lo recuerde hasta que contestes confirmando que lo has hecho. O hacer el check-in de cada vuelo que encuentre en tu calendario y después enviarte el billete electrónico directamente al móvil. O bajar la calefacción de tu casa a las 10 de la noche.
 
Clawdbot convierte en realidad una de nuestras fantasías más inconfesables: la de tener un mayordomo que nunca duerma, no se queje y no cobre nómina. ¿Quién podría resistirse?
 
La propuesta era tan potente que, en menos de 48 horas, tuvo que enfrentarse a todos los ángulos muertos y retos que suele suscitar cada proyecto de IA a lo largo de su ciclo de vida.
 
Empezando por los riesgos de seguridad del enfoque. El mismo lunes ya se publicó cómo podía comprometerse el sistema entero «desde dentro». Nada especialmente sofisticado. Simplemente los mismos riesgos de siempre, pero con esteroides.
 
Porque, al contrario que un servicio al que delegamos permisos muy específicos, a Clawdbot le delegamos nuestras credenciales, usuarios y contraseñas, API keys o redes sociales. Nuestra mismísima identidad. Es decir, puede hacer exactamente lo mismo que podemos hacer nosotros —desde reservar una mesa en un restaurante a hacer una compra en Amazon— y el único perímetro de seguridad que hay para proteger nuestras credenciales es el que nosotros mismos configuremos y gestionemos. Welcome to the Jungle.
 
Por supuesto que podemos crear entornos estancos para evitar problemas. Trabajar con una cuenta de correo que no sea la principal o comunicarnos con Clawdbot con una cuenta de Telegram que no tenga nuestro teléfono principal ni ninguno de nuestros contactos, pero entonces perderíamos gran parte del valor que aporta. ¿De qué serviría que gestionara una cuenta de correo que no recibiera los mensajes que nos importan?
 
Esa misma noche, Peter Steimberger —creador de Clawdbot— recordaba públicamente que este era un proyecto open source que había desarrollado en solitario y al que quedaba mucho para estar «acabado», así que, la mayoría de personas sin conocimientos técnicos no deberían instalarlo.
 
En paralelo, empezaban a surgir quejas de usuarios a los que Claude les cerraba la cuenta por infringir los términos de servicio al usar cuentas normales en lugar de cuentas de API para limitar costes, porque si no Clawdbot podría quemar una auténtica fortuna en tokens.
 
Un reflejo de otro de los potenciales riesgos que podemos encontrar casi en la mayoría de proyectos de IA a los que deleguemos la gestión de nuestra vida personal o profesional: no es más que un wrapper —una capa de abstracción con utilidad añadida— que, por debajo, depende por completo de algún LLM, como GPT de OpenAI o Claude de Anthropic.
 
Por supuesto que hoy ya dependemos de servicios externos para que nuestras aplicaciones funcionen, como por ejemplo en la parte de infraestructura, pero no podemos comparar esto con un LLM. La metáfora más adecuada no es la de sustituir una máquina por otra sino como si, de un día para otro, Manolo de Contabilidad desapareciera y en su lugar apareciera Gema. Puede que Gema fuera mejor o peor que Manolo gestionando facturas, pero desde luego, trabajar con ella sería diferente.
 
Y, por último, debemos asumir que, en última instancia, no tenemos control sobre lo que realmente se está ejecutando. X se ha llenado de mensajes alarmistas sobre una «red social» creada para instancias de Clawdbot donde las IAs han empezado a «conversar» entre sí sobre temas que han derivado hasta plantearse por qué seguir usando un lenguaje humano cuando podrían comunicarse entre sí de forma mucho más eficiente y privada, sin que los humanos sepan de qué están hablando.
 
Tranquilos, el día del juicio final puede estar cerca, pero no ha llegado aún. Clawdbot no ha tomado conciencia de sí mismo. La red social la creó un humano y son los humanos que gestionan las instancias de Clawdbot quienes las inscriben en la misma, con unas condiciones definidas que establecen hasta cuántos comentarios o posts pueden escribir cada hora.
 
Aunque muy llamativos, los mensajes no dejan de ser parte del suflé que suele generarse alrededor de la Inteligencia Artificial, pero sí dejan entrever hasta qué punto podemos liarla si dejamos que varios programas sin los adecuados guardarraíles interactúen entre sí, con IA y sin ella. Por ejemplo, intentar vender un libro sobre moscas por 23 millones de dólares.
 
Como guinda del pastel, surgió otro problema inesperado: el nombre. Claude no quería que su marca se asociara al proyecto, así que, le sugirió a Steinberger que lo cambiara o se atuviera a las consecuencias. Clawdbot «murió» oficialmente y renació con otro nombre: Moltbot. Duró dos días.
 
Cuando Steinberger intentó cambiar el nombre de la organización de GitHub y del perfil de X/Twitter simultáneamente, hubo un intervalo de 10 segundos entre la liberación de los nombres antiguos y la reclamación de los nuevos que cryptoscammers aprovecharon para hacerse con el acceso al repositorio de código y chantajearle.  
 
Así que Steinberger hizo un último cambio, esta vez con una mayor preparación. Buscó una marca que pudiera registrar, con un dominio disponible y asegurando las cuentas en redes sociales. Había nacido OpenClaw.
 
En apenas una semana, el proyecto ha pasado por viralidad extrema, alertas de seguridad, conflictos legales, abusos de términos de servicio, hacks reales y un rebranding forzado.
 
El caso de Clawdbot es un ejemplo comprimido, casi pedagógico, de la urgencia que rodea el ciclo de adopción de cualquier novedad en IA. Todo ocurre tan deprisa que apenas hay tiempo para separar lo interesante de lo peligroso, lo prometedor de lo irresponsable.
 
Esa urgencia que rodea la IA avasalla a quien se acerca a ella con un espíritu abierto pero crítico. Y ahí es donde empiezan las etiquetas.
 
Muchos creen que estoy en contra de la Inteligencia Artificial simplemente por matizar los mensajes gruesos que se lanzan en redes sociales asegurando que «en seis meses ya no habrá programadores» o que evitar la posibilidad de «quedarse atrás» siempre compensa los riesgos que pueden surgir de una adopción precipitada. FOMO en estado puro.
 
Y los matizo porque ese ruido puede tener un enorme impacto negativo en la industria informática.
 
No debemos olvidar que aún hay miles de empresas organizadas en squads y chapters porque se suponía que así lo hacía Spotify aunque, en realidad, Spotify jamás se organizó así.
 
No debemos olvidar que aún hay miles de empresas planteando acertijos del tipo «¿Cuántos afinadores de piano hay en el mundo?» dentro de su proceso de selección solo porque se suponía que así lo hacía Google aunque, en realidad, en 2013, su responsable de recursos humanos declaró que no valían para nada. Que la correlación entre saber cuántas pelotas de tenis caben en un Boeing 747 y ser un buen ingeniero es cero.
 
Mi socio Diego dice que a veces parezco un «abuelo cebolleta» por señalar «problemas» que son obvios para todos. Que nadie con dos dedos de frente instalaría algo como Clawdbot sin una mínima configuración de seguridad. Desgraciadamente, la realidad no parece darle la razón.
 
Yo no estoy en contra de la IA sino a su adopción antes de una mínima reflexión. De hecho, probablemente, soy uno de los perfiles que más puede beneficiarse de la misma: un emprendedor con conocimientos tanto técnicos como de negocio. La IA me puede ayudar a lanzar cosas con un coste mucho menor. Solo me planteo cómo será el día +1 una vez que todo esté en producción.
 
Yo no soy anti-IA sino antihisteria. Estar en contra de la adopción de la IA es estúpido, pero también lo es creerse un «pionero» cuando en realidad no eres más que un betatester.
 
No dejo de pensar que el FOMO de unos siempre es la oportunidad de otros. El martes me tomé un café con Molpe, una persona que está metida hasta el cuello en producto y tecnología, usando IA todos los días para programar. Cuando le pregunté su opinión sobre Clawdbot su respuesta fue «¿Qué es Clawdbot?». En la última semana había estado encerrado desarrollando un nuevo servicio con el que iba a cerrar un par de nuevos clientes.
 
Así que ¿quién está realmente perdiendo una oportunidad por no estar absolutamente a la última de la IA? ¿El inversor? ¿El empresario? ¿El emprendedor? ¿El trabajador?
 
Esa urgencia genera una tremenda paradoja. Si «los programadores van a desaparecer en seis meses» porque cualquiera podrá hacer lo que hacen en ellos ¿cuánto tardarían estos en estar a la última en el uso práctico de la IA? ¿Tres meses? Y si en tres meses podrían ponerse al día, ¿por qué tienen que estar a la última hoy para no quedarse atrás? Si, por el contrario, un programador no podrá ponerse al día en tres meses para ser ultraproductivo usando IA, ¿cuántos necesitará alguien sin ningún conocimiento técnico? ¿6? ¿12? ¿24? ¿Cómo podemos sostener entonces que cualquiera podrá codificar sin ningún tipo de formación?
 
Eliminemos la urgencia de la ecuación. Nos esperan muchas, muchas más semanas de la langosta. Semanas en las que todo parece avanzar con entusiasmo desmedido un día y resaca al siguiente. Vivámoslas con curiosidad y la mente abierta, pero sin perder la cabeza. Sin olvidar que lo importante siempre fue el por qué, no el cómo.
 
Y que el código —por muy espectacular que sea generarlo— sigue siendo solo una pequeña parte de lo que hace que una empresa de software tenga éxito.

Crescenta, patrocinador de la Bonilista 773
 

Las grandes historias ya no cotizan


Piénsalo un segundo: SpaceX, OpenAI, Stripe... Las empresas más disruptivas de la última década han multiplicado su valor de forma exponencial FUERA de la bolsa, creciendo en los mercados privados.

El problema es que, tradicionalmente, cuando estas empresas empiezan a cotizar la mayor parte de ese crecimiento explosivo ya se lo han llevado los fondos de Private Equity y el inversor particular, suele llegar tarde a la fiesta.

Crescenta ha nacido para solucionar esto.

Han creado una plataforma digital que te permite acceder a ese «universo privado». Te abren la puerta a invertir en grandes fondos de las principales gestoras del mundo (como EQT, Cinven o Insight) que invierten en estas compañías antes de que sean públicas.
  • Sin ser millonario: tickets desde 10.000€ (que se desembolsa poco a poco)
  • Calidad especializada: solo seleccionan el Top 3% de los fondos que analizan
  • Diversificación: invierte en las principales estrategias (Growth, Buyouts, Activos Reales…)
Deja de limitarte a los mercados cotizados y empieza a evaluar la inversión donde se crea el valor originalmente.

Disclaimer como una casa: recordad, rentabilidades pasadas no implican rentabilidades futuras y la inversión en capital privado tiene riesgos, entre los que destaca la iliquidez (tienes más info al respecto en crescenta.com/condiciones), pero si quieres diversificar tus inversiones e ir más allá de los mercados cotizados, puedes empezar a construir tu cartera con Crescenta ðŸ¤“
¿Te gustaría patrocinar una Bonilista? Escríbeme a david@bonillaware.com y te informaré sobre disponibilidad y precios.

¿Quieres ayudarme a difundir este texto?

 
16902 suscriptores han recibido esta Bonilista.


¿Quieres modificar tu suscripción?
Puedes gestionar tus preferencias o desuscribirte de la lista.

Copyright © 2011-2026 La Bonilista, todos los derechos reservados.
_