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En Coruña se está celebrando un juicio que intenta cerrar de una vez por todas un misterio que la informática ha permitido resolver casi catorce años después.
El 3 de julio de 2012, el lotero Manuel Reija comunicó que había encontrado —abandonado en el mostrador de su administración— un boleto de Lotería Primitiva premiado con 4,7 millones de euros al delegado provincial de Loterías del Estado que, casualmente, era su hermano.
Dos días después, el lotero reclamó formalmente el premio. Según dijo, lo hizo para evitar que caducara el plazo de tres meses que fija el reglamento y para asegurarse de que, cuando apareciese el propietario legítimo, pudiera cobrarlo.
Si todo hubiera quedado así, la legislación española sobre objetos perdidos —vigente desde 1889— determina que el alcalde de la localidad donde se produzca el hallazgo debe anunciarlo «en la forma acostumbrada, dos domingos consecutivos».
Transcurridos dos años desde la segunda publicación, si no se hubiera encontrado al propietario del resguardo, el lotero hubiera tenido derecho a quedarse con el premio, que es exactamente lo que hubiera pasado si no fuera porque en 2013 —de pura casualidad— un periodista de La Voz de Galicia se enteró de lo ocurrido y publicó un artículo con la historia del lotero.
A partir de ahí, la historia da un giro inesperado. Más de 300 personas aseguran ser los dueños del boleto premiado. Uno de ellos, José María Vidal, denuncia los hechos y el caso se judicializa.
Una gran parte de esos 300 supuestos propietarios son descartados tras unas comprobaciones básicas, pero aún quedan decenas de personas con historias y argumentos plausibles.
La jueza pidió ayuda a la policía, que en 2018 empezó a investigar lo que —en caso de delito— sería el crimen perfecto: las apuestas se formalizaban anónimamente y, además, la jugada ganadora había sido aleatoria; ni siquiera podían buscar apuestas similares.
Por si fuera poco, después de todo el tiempo transcurrido, ya no se conservaba ninguna grabación de las cámaras de seguridad en los alrededores de la administración de lotería, lo que podría haber permitido identificar al propietario.
Agotada la investigación tradicional, la policía optó por dejar de buscar personas para empezar a buscar datos. Estudiaron cómo funcionaba todo el sistema de validación de premios y lo que no pudieron encontrar en las cámaras de seguridad lo encontraron en los logs.
Al estudiar las transacciones de la máquina de validación de su administración, los investigadores encontraron una contradicción en el relato del lotero.
En el momento en el que se validó el premio, se registraron 21 movimientos en menos de dos minutos y concluyeron que la cadencia era de un movimiento cada dos o tres segundos.
Eso encajaba más con un cliente delante entregando varios boletos para comprobar si tenían premio, no con la historia de que el lotero encontró el resguardo casualmente mientras estaba solo.
Pero es que además esos movimientos se dividían en dos bloques separados por una pausa de unos 50 segundos, en los que volvió a comprobar los mismos resguardos, para localizar cuál era exactamente el agraciado. Probablemente, después de que el cliente se hubiera marchado.
Eso desmontaba la coartada de Manuel Reija: no era un resguardo aislado hallado después, sino que habría sido comprobado delante de su propietario.
Con su hermano, Miguel Reija, la sospecha nace de su conducta posterior. Manuel fue ese mismo día a la delegación provincial de Loterías que dirigía Miguel para acelerar el cobro como si fuese poseedor legítimo. Miguel no solo avaló esa versión del «boleto encontrado», sino que el 6 de septiembre de 2012, antes de que caducara el premio, remitió una primera petición de cobro en nombre de su hermano y la fue reiterando, pese a que Loterías y Apuestas del Estado le advertió de que había que abrir un expediente de hallazgo para buscar al dueño.
La policía comunicó a la jueza sus sospechas de los hermanos Reija, pero aún seguía sin tener la más mínima idea de quién era el legítimo propietario del boleto premiado. Entonces, recurrieron a la pura minería de datos.
Si su hipótesis de que el dueño original había entregado varios resguardos para validar era cierta, en esa jugada además de un par de apuestas automáticas había dos que se habían rellenado manualmente. ¿Y si ese era el patrón de juego del propietario y, además de las jugadas al azar, siempre jugaba las mismas combinaciones manuales?
Responder a esa pregunta exigía cribar millones de movimientos generados por miles de máquinas en toda España, buscando grupos de validaciones que repitieran esas combinaciones manuales, aunque no siempre en el mismo orden.
Y encontraron coincidencias. Muchas.
La mayoría de esas coincidencias se validaban en oficinas de Coruña, pero puntualmente aparecían en otros puntos de España, como Caldas de Reis, Fuerteventura, Torremolinos o Palma de Mallorca.
Entonces, los investigadores empezaron a cruzar los datos del geoposicionamiento de los móviles de los posibles propietarios con esas validaciones. Desgraciadamente, ninguna fue concluyente. Ninguno de los dispositivos había sido registrado en las ubicaciones donde se habían producido las validaciones al mismo tiempo que estas se realizaban.
La policía no se rindió. Quizás se habían dejado los teléfonos en casa. Quizás utilizaban más de uno.
Empezaron a cruzar más datos. Ya que los destinos fuera de Coruña parecían bastante vacacionales, empezaron a buscar coincidencias de nombres en los manifiestos de líneas aéreas. Tampoco hubo éxito. Ninguna coincidencia completa.
En 2021, tres años después de iniciar la investigación y cuando estaban a punto de tirar la toalla, se les ocurrió estudiar la base de datos del IMSERSO, para ver si había alguna coincidencia en los registros de viajes organizados para jubilados. Y, esta vez sí, había una.
Una mujer había viajado desde Coruña a todos los lugares donde se habían hecho validaciones de las combinaciones manuales, en las fechas en las que estas se habían producido.
El problema es que no era ninguna de las personas que habían reclamado la propiedad del boleto.
Cuando interrogaron a la mujer, una anciana, esta les explicó que nunca jugaba a la lotería. Cuando los agentes creían que habían dado con otra vía muerta, esta recordó que su marido José Luis —ya fallecido— sí jugaba, pero era un tema del que nunca se hablaba en casa porque su afición por el juego había generado muchos conflictos en la familia.
La viuda explicó que José Luis era aficionado a la numerología y solía repetir apuestas construidas con su fecha de nacimiento y la de sus familiares.
Una de las combinaciones manuales comprobadas junto al boleto ganador el día en que Manuel Reija dijo haberlo encontrado era 03-06-10-19-45, una secuencia que coincide con la fecha de nacimiento de José Luis, el 3 de junio de 1945. El 10 no es más que la suma de todas las cifras de esa fecha y los dígitos del número resultante entre sí.
Por fin habían encontrado al dueño.
Más allá de cómo acabe el juicio, el caso del lotero de Coruña nos deja una lección difícil de ignorar: en un mundo en el que cada 5 centésimas de segundo generamos un volumen de información equivalente a toda la conservada en la Biblioteca Nacional de España, la informática no puede seguir siendo vista como una disciplina auxiliar, debe ser protagonista.
Da igual si lo que buscas son beneficios o la verdad.
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