«Caballos, emprendimiento y resiliencia», portada de la Bonilista 802
Sobre caballos, emprendimiento y resiliencia

Mi cuñado es jinete profesional. Sé que suena muy glamuroso, pero la realidad es muy diferente a lo que la gente suele imaginar. 

A lo mejor os lo imagináis vestido para participar en la caza del zorro mientras criados con levita le sirven copas de champán, pero su día a día tiene mucho más que ver con el de un ganadero que debe cuidar a sus animales todos los días, llueva, nieve o haga calor.

Y, además, entrenarlos durante horas. Un ejercicio físico extenuante que te machaca las vértebras y en el que cualquier fallo de concentración puede acabar contigo en el suelo con algún hueso roto. Un caballo de salto de 600 kilos puede desmontarte con la misma facilidad con la que se sacude una mosca.

Después de muchos años de duro trabajo, empieza a salir adelante con una actividad que se parece mucho más a levantar una pequeña empresa que a practicar un deporte.

Yo no tengo ni idea de caballos. He aprendido lo justo para poder seguir las conversaciones en las reuniones familiares. Suficiente —eso sí— para saber que, si estabulas a un semental y a una yegua en cuadras contiguas, se puede liar parda.

Justo lo que le pasó en un concurso hípico. Por un fallo de comunicación o coordinación de la organización, colocaron un semental al lado de donde mi cuñado guardaba sus yeguas. El caballo se puso tan nervioso que, durante la noche, empezó a golpear las paredes de su cuadra hasta lesionarse una pata.

El jinete del semental montó en cólera, increpó e insultó en público a mi cuñado y, pese a que este no tenía culpa alguna, amenazó con demandarle por daños y perjuicios.

El grupo de WhatsApp familiar se puso al rojo vivo, anticipando posibles estrategias de defensa. Yo, en vez de escribir, le llamé para felicitarle. Igual que hicieron conmigo cuando me demandaron.

Porque, a poco que te vayan bien las cosas, la probabilidad de encontrarte con un idiota que pretenda demandarte por alguna absurdez se convierte en una certeza estadística. Tanto que muchos veteranos bromean con que, hasta que no te demanden, como empresario aún llevarás la L colgada a la espalda.

No deja de ser una felicitación envenenada, porque de una experiencia así siempre sales con cicatrices, independientemente del resultado, aunque también con alguna lección aprendida.

Por ejemplo, que los juicios no son como en las películas. En la vida real, no basta con tener razón: importan los hechos que puedas probar y que tengan relevancia procesal. Y cuando la maquinaria judicial se pone en marcha, maneja unos plazos que no podrás acelerar por mucho que te esfuerces.

También, que tenemos un sistema legal garantista, pero no determinista. Dependemos de cómo interpreten las leyes y los hechos quienes deben juzgarlos. Por eso, aunque estés convencido de no haber hecho nada malo, siempre te queda un incómodo resquemor por «lo que pueda pasar».

Un constante runrún en tu cabeza con el que tendrás que convivir durante años. Un «hilo de baja prioridad» que ocupa un porcentaje —pequeño, pero permanente— de la capacidad de ejecución de tu CPU mental.

Y, a pesar de ello, seguir adelante con tu negocio y con tu vida, sin permitir que ese dolor crónico lo contamine todo.

No se me ocurre mejor ejemplo para la definición de resiliencia que da la RAE: «capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos».

Así que, cuando alguien me pregunta, siempre digo que creo que las cualidades más útiles para emprender no son la inteligencia ni la creatividad, sino la resiliencia y la constancia.

Para mí son las dos caras de la misma moneda, porque es fácil ceñirse a un plan cuando todo va bien y la capacidad de adaptación no implica cambiar nuestros objetivos sino el plan para alcanzarlos. Da igual que trabajes con caballos o con ordenadores.

Por eso, cuando alguien me cuenta que está pensando en emprender y me pide algún consejo, solo me sale uno: no des por hecho que lo único que puedes perder es el dinero y el tiempo que inviertas.

Ojalá nunca te pase, pero puedes tener que enfrentarte a problemas que no has provocado, que no puedes resolver inmediatamente, que entrañan un riesgo que no has delimitado y cuyo desenlace no controlas.

Aunque, si haces las cosas bien, la probabilidad de que eso ocurra sea solo de un 1 % —real o solo en tu cabeza, da igual—, ¿serías capaz de vivir con ese «¿y si…?» y seguir levantándote todos los días para ir a dar de comer a los caballos?

Eso es emprender.

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