El fin de Dilbert

El martes pasado, Scott Adams —autor de Dilbert— comunicó su propia muerte con un tuit.

Hubo una época en la que bastaba una tira de Dilbert impresa y pinchada en un tablón para que toda una oficina se entendiera sin hablar. Más allá del humor, era un ejercicio de reconocimiento mutuo. «No estoy loco, esto también te pasa a ti».

Dilbert no se burlaba del capitalismo, sino de algo mucho más específico y, por eso mismo, mucho más incómodo: el trabajo intelectual organizado de forma absurda, siguiendo trasnochados dogmas de la revolución industrial.
 
Reuniones que no llevaban a ningún sitio. Jefes incapaces de entender lo que gestionaban. Procesos diseñados para justificarse a sí mismos. Personas adultas atrapadas en sistemas infantiles que nadie osaba a criticar porque se suponía que así era cómo había que trabajar y tú no eras nadie para cuestionarlo.

Para quienes trabajábamos en tecnología a finales del siglo XX y principios del XXI, no era solo humor sino alivio. No estábamos locos por cuestionar la lógica de algunos paradigmas laborales incuestionables. Dilbert puso palabras —y dibujos— a una idea que solo se compartía entre susurros alrededor de la máquina de café: que el problema no éramos nosotros, sino el sistema.
 
Gran parte de la idiosincrasia del sector tech que parece que siempre estuvo ahí —el desprecio por el corporate bullshit, la desconfianza hacia el management incompetente— en realidad se cristalizó en sus viñetas.
 
Y lo hizo con humor. Dilbert nos enseñó cómo burlarnos de ciertas dinámicas laborales sin sentirnos culpables, a pesar de que hubiera otros trabajos con condiciones objetivamente mucho peores.
 
En ese sentido, Dilbert (1989) fue un pionero y una influencia notable para obras posteriores como la película «Trabajo Basura» (1999) o series como «The Office» (2001) o nuestra «Camera Café» (2002).
 
Durante mucho tiempo, eso fue suficiente para que no nos importara demasiado quién estaba detrás del dibujo.
 
Scott Adams supo leer muy bien el momento histórico y fue un agudo observador que entendió cómo una oficina podía convertir a adultos funcionales en figurantes de una comedia absurda, pero también tenía un lado más oscuro que el brillo de Dilbert mitigó durante muchos años.
 
Hasta que el 22 de febrero de 2023, calificó a la población negra como «un grupo de odio» en su podcast y concluyó que «como blanco, no tenía ningún sentido seguir ayudando a los ciudadanos negros». Adams nunca se retractó de sus comentarios, sino que se enrocó en que habían sido sacados de contexto. Cientos de periódicos dejaron de publicar la tira cómica y su editorial canceló los libros que tenía planificados publicar.
 
Muchos señalan esa fecha como el verdadero fin de Dilbert, pero Adams llevaba años dibujando la crónica de una muerte anunciada.
 
Aseguró que la serie de animación de Dilbert fue cancelada porque él era blanco y la cadena de televisión que la emitía prefería centrarse en la audiencia afroamericana.
 
También afirmó, sin aportar ninguna prueba, que las personas sin vacunar habían superado mejor la crisis del COVID-19 y —de nuevo, sin pruebas— que la marcha supremacista blanca que se celebró en Charlottesville no fue convocada por organizaciones de extrema derecha, sino que era un complot del Deep State contra Donald Trump, a quien apoyaba.
 
En las viñetas, Adams empezó a aparecer más que Dilbert. Y, poco a poco, acabó con algo clave para su éxito: la sensación de que era un punto de encuentro —libre de controversias— para toda la oficina, independientemente de tu ideología, raza o género.
 
Por eso el verdadero final de Dilbert no llega ahora —con la muerte de Adams— sino en el momento que la obra quedó irremediablemente contaminada por la ideología de su autor, haciendo imposible separar el uno de la otra.
 

Y es una pena.
 
Porque, en un mundo cada vez más polarizado, perdimos uno de los pocos espacios que creíamos que nos pertenecía a todos. Y porque, en un mundo que se está comiendo a dentelladas la inteligencia artificial, necesitamos más que nunca reírnos de los absurdos que a veces genera el trabajo intelectual.
 
Te echaremos de menos, Dilbert. Aunque, en realidad, llevamos años haciéndolo. En 2019, con ocasión de tu trigésimo aniversario, te confesé que ya eras anacrónico y que eso era una buena noticia. Que ojalá dentro de 30 años lo fueras aún más.
 
La muerte de tu autor nos ha obligado a reconocer mucho antes algo que ya sabíamos: que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien compartió una de tus viñetas en el tablón de la oficina o en un canal de Teams.

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